martes, 25 de abril de 2017

Historias para compartir: Una carta

Entre otras aventuras digitales, estoy terminando el Postítulo en Educación y Derechos Humanos.  Cursando el último módulo, luego solo queda el trabajo integrador.
En general, las actividades que se plantean, tratan de ser de autorreflexión, integrando, obviamente, los contenidos que van presentando de materia en materia.
Para cerrar el de ESI (Educación Sexual Integral en la escuela), planteaban hacer una secuencia pedagógica y una carta.
Comparto la carta, que tiene una destinataria que es totalmente real (espero que no se enoje) y mucho de pensar hacia adentro y hacia afuera... en la escuela y en otros contextos.

¡Què la disfruten!




Querida María Paz:

                                 La verdad es que te extraño. Ha pasado poquito tiempo desde tu decisión de renunciar al EOE (Equipo de Orientaciòn Escolar) de la escuela pero parece que fuera muchísimo más. Ya nadie me dice ¡qué bueno, no voy a estar sola esta tarde, voy a tener música sonando cerquita! Y yo, contenta, preguntado si no molesta el griterío que se arma a veces con los chicos o el volumen o las canciones desafinadas que atraviesan cualquier pared delgada (más, cuando eso es lo único que separa la sala de artística y la de Gabinete).


¿Sabés una cosa?

Somos parecidas, vamos por la vida bailando vestidas de cebolla, dejando caer cada capa a nuestro paso, hasta que al final quedamos desnudas, transparentes, mostrando nuestro verdadero ser. Y eso a veces nos deja frágiles ante el mundo.

Recuerdo cuando me contaste que los problemas de nuestra escuela te superaban y abrumaban y que por eso habías decidido comenzar a estudiar Sicología en la Universidad, para ver si de alguna forma, encontrabas la solución, las fuerzas o la sabiduría para enfrentar tanta tristeza concentrada, tanto abuso, tanta situación desesperante que vemos desfilar entre los nenes, en sus familias, en este pequeño mundo donde si uno pudiera, cobijaría en la propia casa como una gallina que tiene sus pollitos bajo las alas, tanto abandono, desamparo. Pero eso, en la realidad es imposible y solo nos queda poner nuestro granito de arena desde la contención, la escucha activa, mediando en una situación de violencia, dando ánimos, tratando de poner una curita de amor y sonrisas a una herida profunda que, sabemos no va a sanar, pero necesita de ese pequeño gesto como una caricia en el alma.

Me veo reflejada en esa forma de ver la educación, ya que más allá de que me encanta capacitarme y estudiar, hace unos años comencé a buscar más cosas que me puedan ayudar en el aula, orientar en esta marejada que nos lleva de la calma a la tormenta en cuestión de segundos. Este Seminario sobre ESI, por ejemplo, te lo recomiendo, así como todo el Postítulo en Ed. y DDHH, como alguna vez te dije. Realmente te abre puertas (convengamos que, como en todo, es la decisión de cada uno entrar o no). También te hace reflexionar y te crea preguntas interiores como qué situaciones del presente o del pasado vuelven y te hacen mirar la vida áulica con nuestros ojos, con los de otros, con anteojos que pueden ser oscuros y opacarla, que pueden tener demasiado aumento y hagan que esa realidad se nos arroje encima como un monstruo devorador, asimismo, pueden faltarles la graduación adecuada, minimizando todo lo que vemos a través de sus cristales.

Leo los objetivos de esta actividad que plantea hacer “…una
carta o un correo electrónico a un/a colega o directivo/a de su institución que no haya hecho esta capacitación, contando los aspectos principales del curso y las razones por las cuales creen que es necesario trabajar la ESI en la escuela”. 

Apunta a una reflexión sobre lo transitado en el Seminario ESI pero también a descubrir nuestra relación entre esa temática y su forma de abordarla en la escuela. Donde el conocimiento de muchas cuestiones tiende un puente entre lo que creemos y lo que podemos hacer, dependiendo de cada uno quedarse parado en el principio, llegar al medio o cruzarlo, para que se constituya en una herramienta que nos ayude a manejar situaciones relacionadas con la sexualidad que en nuestro pasado (y en realidad, aún hoy), se dejaban de lado porque no eran temas a tratar en un aula (como lo viví en mi adolescencia, que aparecía solo desde un enfoque biomédico, donde a las chicas nos contaban en un video, que era lo que íbamos a “sufrir” en el momento del desarrollo y a los chicos los dejaban “afuera”, como si ellos no fueran parte de esos cambios o, simplemente, no los tuvieran que atravesar).


¿Te acordás el año pasado, cuando el papá de los nenes B., mató a su mamá

¿El primer día que K. volvió a la escuela, sucio, sin comer, con la mirada cansada de un viejo de noventa años en los ojos de un nene de siete? Cuando nos contaba que su papá estaba cuidándolo desde el cielo y que lo extrañaba (confieso que se me caían las lágrimas mientras lo abrazaba y me mordía la lengua escuchándolo y pensando en ese HDP que había matado a su mujer por un puñado de droga, que posteriormente al estallido, había intentado suicidarse, que su familia lo había querido reanimar (sin olvidar de ocultar el arma…que jamás apareció), dejando de lado, tirada, a la mujer agonizante, todo delante de los nenes; que después, ambos habían fallecido en el hospital Regional, quedando los chicos a cargo de la familia paterna… 
Un femicidio que quedó marcado en la calle de la Municipalidad con una estrella amarilla y en nuestros corazones con una historia donde vimos crecer el maltrato, día a día y tratamos de ayudar tanto desde lo social como lo legal, sin pensar en que todo terminaría como lo hizo. Tema que podría haberse hablado desde el ángulo de la violencia de género, más en un año que sacudió nuestra ciudad con otras víctimas, con otras historias terribles y horribles. Pero también con la fuerza de un pueblo que pide no olvidar…



Todas esas situaciones, que vivimos en nuestro trabajo docente y nos atraviesan, donde 
uno hace lo que debe, lo que siente, lo que puede y lo que le permite su propio ser. 

Razones de sobra para trabajar la ESI con los chicos, entre los docentes, con todo el conjunto de la comunidad escolar. Incluso con nosotros mismos. 
Con nuestros miedos, vergüenzas, ideas preconcebidas o imaginarios que están anclados hondamente y guían nuestras palabras y acciones.
 Una autorreflexión que resulta necesaria hoy en día donde todo nuestro mundo resulta sacudido por hechos que solo pensábamos existían en la ficción.


Este seminario es la segunda vez que lo curso. 
El año pasado lo dejé a medias y este, me resultó muy difícil hacerlo. 
Hoy, que estoy transitando los últimos pasos, pienso en el motivo de esto (siempre fui una de las primeras en entrar en los foros o entregar trabajos, tanto en este Postítulo como en el de Educación y TIC, que concluí en 2016).

¿Qué me pasa con el tema ESI que me puso tanta piedra en el camino? 

Creo que a medida que uno va leyendo los materiales, las participaciones de compañeras y compañeros en los debates, se va preguntando sobre las propias dudas, las vivencias del pasado, las reservas, que surgen de abordar este tema que es tan viejo como la humanidad y sin embargo, solo en los últimos tiempos se intenta encarar desde una mirada diferente, sin prejuicios.


La pregunta se responde sola…


Ojalá puedas encontrar tu camino y tu paso por nuestra escuela sirva como un escalón de tu escalera del aprendizaje. 


Abrazos con todo mi corazón,

Clari




Clara Silvina Alazraki

La carta en audio:


Imágenes:



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martes, 11 de abril de 2017

Para aquellos que aman incondicionalmente, un nuevo relato.

Una perra historia

Mi nombre es Pancha. Aunque no lo parezca, estoy en plena adolescencia: tengo cuatro años humanos pasaditos.
Mamá  siempre pensó que yo era la más loca entre mis cinco
hermanas. Imagínense: apenas con unos meses de vida, me escapé detrás de los rayos hipnóticos de una bicicleta roja y, después de una semana de vaguear por el barrio, me encontraron, negra de barro, un poco raquítica y con una soberana gripe. Se supone que eso  fue lo que retrasó mi crecimiento; mientras las otras chicas de la familia se desarrollaban a mil, yo quedé petisita, feúcha. Mis hermanas desfilaban por la casa mostrando sus largos cabellos leoninos, sus uñas curvas, relucientes, su pecho erguido. En cambio, yo era una mezcla absurda de mechitas cortas, duras y mal barajadas con un cuerpo escuálido.
Tal vez por eso a ellas se las llevaron rapidísimo y yo terminé viviendo en esa casa, la misma donde había nacido.
En esos tiempos éramos seis (contando a los tres humanos). Ellos eran bastante buenos con nosotros, aunque nos daban una comida horrible: una especie de amasijo con forma de porotitos y un lejano sabor a carne. Muy, muy lejano.
Beto, el nene de la casa, era mi mejor amigo. Era el más mimado (como yo) y le permitían hacer cualquier cosa. Usaba a mi papá de caballito de carreras, saltaba con la cola de mamá como si fuera una
soga. Yo no le servía de mucho al principio, porque era chiquita, boba y fea, pero cuando tomó confianza, nos hicimos íntimos. Fue una pena que cuando cumplió sus cinco años (y yo uno), se tuvo que mudar a un departamento. A nosotros, nos regalaron.

No sé qué fue de mis padres, lo último que recuerdo son las lágrimas de mamá, sus aullidos aconsejándome que fuera buena y obediente y no hiciera travesuras en mi nuevo hogar.

Fui a parar a un dos ambientes chiquito y apretado. Ahora éramos tres (contando a los dos humanos). 
Perdí todo vínculo con los otros
de mi especie, salvo en los esporádicos paseos de mis hombres. 
Estos eran bastante raros. 
Luis, tenía unos veinte años, vivía para trabajar. Apenas llegaba a casa, se sentaba en un sillón orientado al ventanal grande que daba a la plaza y al mar. Después de un rato de cabecear, se quedaba dormido, profundamente cansado. José, su padre, prefería una ventanita minúscula y mágica, que fuera de día o de noche, siempre estaba iluminada con rayos de mil colores y formas y un zumbido inexplicable que le brotaba del centro de su fea panzota negra. Hablaban muy poco entre ellos.

Con el tiempo, supe que me habían llevado a su casa porque pensaban que podía ser una buena guardiana, lo que se cumplió por casualidad cuando un día que me dejaron sola, como de costumbre, entró un ladrón. Me asusté tanto que salí disparada para la cocina. En la carrera me llevé por delante la mesa con los sifones de soda encima. Uno se cayó y reventó. El ladrón se escapó con más miedo que yo, dejando regadas por el piso, las pocas cosas que iba a robar. Cuando llegó José, de una ojeada comprendió todo. Me buscó y me arrojó en el aire mientras me decía muchísimas cosas lindas. Creo que esa noche fue la primera en que vi a mis hombres sonriendo y ¡por fin!, conocí el sabor de una buena comida.

A partir de ese momento, mi historia cambió.

Luis llegaba más temprano. Salíamos juntos a caminar, a ver la puesta del sol sobre el mar, a pescar. Se compró una bicicleta y me hizo una sillita especial. Y ahí iba yo, lo más pancha(haciendo honor de mi nombre), clavando mis uñitas en el asiento de madera mientras mi hombre silbaba feliz, con el viento acariciando suavemente su cara. Nos habíamos convertido en amigos inseparables. 

Poco a poco, me enteré de su vida triste, casi sin amor o esperanzas y, como cada día lo amaba más, decidí hacer algo para llenar su corazón.

Un domingo que habíamos ido al centro  en bici para comprar unas herramientas, la vi. Supe inmediatamente que esa mujer estaba predestinada para mi amigo. Pero él estaba ciego. Ella lo miró desde atrás del mostrador de una heladería y lo iluminó con una sonrisa preciosa. Mi Luis, ni se percató. Decidí intervenir. Bajé del asiento, comencé a ladrar como una loca rabiosa y corrí hacia la calle. Luis no entendía nada. Me llamó, bastante enojado, mientras me perseguía. Fue tarde. De pronto, todo se convirtió en ruido y dolor. Me sentí suave y liviana, como una pompa de jabón flotando en el aire. Luis lloraba y abrazaba sobre su pecho mi cuerpo sin vida. El automovilista que me había atropellado pedía perdón, aseguraba que me había visto de repente, que no había podido frenar…  
Ella miraba todo desde la vereda del frente. Por un minuto temí que
no hubiese comprendido. Entonces, cruzó la calle y tomando entre sus manos las de Luis, que sostenían mi cuerpo laxo, le susurró que no se pusiera mal, que a veces esas cosas pasaban porque Dios había mandado a mi amiga a acompañar a alguien que también la necesitaba, que habían más cosas en este mundo para darle tanto Amor como el que él brindaba a su perrita…
Y puedo jurar que fue en ese instante cuando mi Luis la miró directo a los ojos y recordó.
Ella sonrió, su mirada lo llenó de aquello que tanto necesitaba y yo me pude ir, muy feliz, hacia la Luz que desde hacía un buen rato parpadeaba desde el cielo, llamándome…


Clara Silvina Alazraki

El relato en audio:



Imágenes: Bella y Maite , dos hermosas que buscan un hogar en Mar del Plata o zona
La puesta de sol, es propia, tomada en la playa de Mar del Plata

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martes, 21 de marzo de 2017

Cuando escribo...

Sobre los cálidos designios 
 que me va dictando la razón,
 van surgiendo palabras descolgadas, 
 cataratas de lenguaje
 colorido y rutilante 
 que desagua en ríos de tinta y cauce de papel.

Si intento,
 calculadora y obsesiva,
 hilvanar los pensamientos, 
 me arrastra la corriente, 
 me atraganto, 
 me ahogo en mi propia marea, 
 sin llegar a echar ancla en buen puerto.


Pero si dejo que mis manos se dejen llevar por el curso de las aguas, 
 sin reparar en el trayecto,
 al final 
observo las vueltas caprichosas de mis pasos
 y me sorprendo, 
 me asombro, 
 por los tramos recorridos 
que creía sin sentido y en verdad llevan a algo…


(aunque ese algo 
 solo sean esos tres puntos 
que se suspenden
 luego de una última palabra 
 que indica el final).


Clara Silvina Alazraki

La poesía en audio: 
*la música de fondo pertenece a Cajita de música argentina - "Ojos azules"

Fuente imágen: http://www.rinconpsicologia.com/2010/10/el-poder-terapeutico-de-un-lapiz.html


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sábado, 4 de marzo de 2017

Historias para compartir: "Hermanos"

Para Valen y Cami, dos superheroínas reales que hicieron frente a la adversidad con la fuerza del Amor y a sus papis, que supieron manejar con Fe, un diminuto velero entre maremotos y tornados...

Hermanos


Había una vez, en lo profundo del bosque, sobre la esquina donde se unen un viejo pino y un cedro, un nido ocupado por una bulliciosa familia de picaflores.

Los padres cuidaban con profundo amor a sus dos pequeños,  que estaban comenzando a explorar el diminuto gran mundo que los rodeaba. Como cualquier integrante de su especie, eran muy inquietos, raramente se los podía ver inmóviles o en silencio. Su canción parecía monótona para cualquiera: una especie de cro cro cro que se repetía infinitamente, sin embargo ellos comprendían cada una de las variaciones de esos trinos que los comunicaban y unían en una melodía ondulante de ternura.
Los pichones experimentaban la novedad del vuelo, la delicia del néctar que les regalaban las flores, la suavidad de las gotas de rocío que acariciaban sus cuerpos inquietos, la osadía de la libertad sin límites.

Un día, el más pequeño comenzó a frenar su vuelo. Sus alas se extendieron como las de una paloma o un zorzal, sin la velocidad que las caracterizaba.
Más lentitud y más sosiego,  hasta que solo lo acompañaron unos agónicos saltitos cuando quiso moverse de un lado a otro.
Un oscuro nubarrón ensombreció a la familia.
Los padres y el hermano mayor del picaflor, le daban ánimos, lo llenaban de amor, de
ternura, buscaban el néctar más dulce para alentarlo pero nada cambiaba el humor del pequeño. Lo habían invadido la melancolía y la tristeza.
Comprendieron que necesitarían  ayuda extra, entonces, activaron la vieja señal de alarma usada por los pájaros: los árboles divulgaron ronroneando el pedido de auxilio de rama en rama, llevándolo por miles de kilómetros a la redonda.
Por la noche, en el claro que se abría en las entrañas del bosque, muchísimas aves se reunieron.
Los picaflores contaron su problema mientras millares de ojitos se clavaban en su hijo menor y su hermano, que lo sostenía por la punta de sus alas. Por largos minutos, el silencio reinó en el lugar. Casi podían escucharse los pequeños corazones latiendo. Un anciano búho dio un paso al frente y susurró que la única solución consistía en que los hermanitos tendiesen un puente entre ellos, intercambiando las más preciadas plumas, aquellas que eran la clave para lograr que los colibríes consiguieran detener su vuelo en el aire, planear en forma rasante sobre el agua, trasladarse a máxima velocidad y mínimo riesgo.
En ese momento, las miradas se dividieron entre los dos hermanos. El mayor asintió suavemente, sin pensar en el abanico de dificultades que se abría a partir de esa sentencia sino solo en el amor que sentía. Entonces, antes que nadie pudiera decir o hacer algo, arrancó siete plumitas de su cuerpo y las estampó con fuerza sobre el pecho de su hermanito que lo observaba  entre abatido y sorprendido.
El alma de los padres tembló por un segundo: el peligro ya no bailaba con uno de sus hijos sino con ambos. Miedo y esperanza se entrelazaron como una soga alrededor de sus cabecitas desesperadas. La decisión se había tomado. Ya estaba hecho.

El pequeño picaflor comenzó a trazar circulitos con su pico, con la cabeza, con el cuerpo entero. Giraba y giraba como una espiral de agua vaciándose por un agujerito sin fin.
Súbitamente, se echó a volar, como si nunca hubiera tenido un problema. Planeó sobre todos, gorjeando un grito de felicidad.

El mayor sonrió. Sentía dolor por primera vez en su breve vida aunque estaba plenamente conciente de que era ínfimo comparado con lo que había vivido su hermanito. También abrió sus alas y lo siguió.
Sus padres y los otros pájaros los miraban enternecidos.

Desde el cielo, las estrellas tintinearon melodiosamente, acompañándolos en la nueva aventura que acababa de comenzar…

Clara Silvina Alazraki

*Imágenes propias


  • La historia en audio (música de fondo de Hans Zimmer):



 


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martes, 7 de febrero de 2017

Historias para compartir, hoy de la mano de la poesía.

Para mi amiga Silvia y todas las personas que sienten su espíritu como un mar, por momentos con su marea baja y tranquila, por momentos con las olas echando espuma rabiosas, encrespadas.


El mar


El mar es un inmenso cielo caído,                                                                         recostado sobre un frío lecho de piedras y arena 
solo con la espuma como colcha.                                
                         
Es abismo en su centro,                                                       juego en las orillas.
Es vida contenida (conocida o invisible);                             cavan sus olas cicatrices en la tierra, 
que se mece 
como un niño en su cuna;  
recorrida por mareas de sangre salada 
que corren por sus venas agrietadas.

El mar sueña…                                                                     deslizan su tibieza las sirenas       
entre pálidos naufragios,                                                       danzan,                                                                                  bellas,                                                                                 poseedoras del encanto,
 del poder que vuelve calma la tormenta.

El mar ríe,
juguetea con el fondo de los barcos
transformados en juguetes dibujados en su manto.
Les regala pececitos de colores
y
alguna estrella gris.                                                       
                 
Pero a veces, 
el mar llora, 
se envuelve en tifones poderosos,   
destruye,
hace astillas ciudades, 
espigones,
defensas indefensas; 
se revuelve y deja ver un rostro ambiguo: 
el que hunde las goletas, 
submarinos,
el que deja una mujer en soledad,
esperando...
a quien nunca más regresará.

Sin embargo no es su culpa                                                  él solo es un instrumento,                                                  marioneta gigantesca y abisal    
sacudida por el hombre que lo abrevia, 
que lo cambia
que lo llena de basura rancia y negra
 y por eso llora triste, 
aunque
 un loco parezca.

Es el mar                                                                              un cúmulo de lágrimas                                                          que hipnotizan pescadores 
mientras despiertan entre velos
profundos recuerdos de otras épocas. 



Es un poco de todo 

mucha nada.

Grande y firme, 
quebradizo, 
eterno.

Es un dulce beso a la deriva,                                                           también
un sabor ácido
como el dolor que desprende una herida abierta.

Es magia,                                                                                         que el Gran Matemático inventó                                                     una noche de insomnio.

Un susurro de agua y fuego, 
ceñido entre límites inciertos.

Un hogar de sol y sal


Clara Silvina Alazraki

* imágenes propias, todas de mi hermosa Mar del Plata, tomadas en diferentes épocas del año.

El relato en audio:





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